El poema no pertenece; el poema es una mera operación en la que se atestigua ese malestar informe del estar en un no lugar, de estar fuera de él, porque nunca ha existido y todos lo intuimos. Pero la noción de desencuentro persiste como lugar para el encuentro. Insistimos en resistir desafortunadamente. Vivir, entonces, es tan sólo exponerse a perder toda la voz, a extinguir la voz en cada vibración en cada gesto, que salga de ella para comenzar a refundar el universo. Por eso aspirar a la afonía es preguntarse por el tiempo en que hablar era entablar una conversación con uno mismo, con el mundo de las diez mil cosas como invitado.