Los procesos de globalización han impulsado la movilidad y las interacciones entre culturas, religiones, ideologías y regiones, que antes se creían muy lejanas y aisladas. En efecto, nuestra contemporaneidad está marcada por la movilidad casi sin fronteras de personas, de bienes y servicios cuyo sentido, difícilmente, se encuentra en una visión aislada de la vida cotidiana que es, en realidad, un espacio donde se experimenta lo propio y lo ajeno, donde las experiencias vividas y representativas de un contexto se enfrentan a otras experiencias nacidas en otros contextos totalmente diferentes. Ello implica que la dinámica que surge de los procesos globales no sólo pone en contacto diferentes culturas y visiones del mundo, sino que constituye un choque desde donde la paz está puesta a prueba. Las guerras en el mundo, la discriminación y el no respeto de los derechos humanos, la persistencia de las dictaduras, la vigencia de un sistema económico cuya finalidad no es la satisfacción de las necesidades sociales sino la acumulación en sí, la gestación de un sistema educativo ajeno a lo humano, así como la aplicación de las políticas sociales excluyentes en diferentes naciones son señal de que la convivencia pacífica no ha sido el objetivo principal de las interrelaciones sociales y políticas. Por tales motivos, el presente texto fundamenta filosóficamente la convivencia entre nosotros y la propone como alternativa para alcanzar un mundo democrático e incluyente.